
En cualquier caso, a lo largo de su larga vida, Zipi hizo sus méritos para que se le perdonasen sus errores de la infancia, así que siempre le recordaremos por todas aquellas pipas que no quiso pelarse, y que tuvimos que pelarle entre Félix y yo, por todas aquellas excursiones a su rincón-despensa, por su habilidad colgándose de las barras de la jaula, su amor al chocolate y a los yogures, y en general, su habilidad para ganarse un hueco en nuestros corazones, pese a ser sólo un hamster y gruñirnos de vez en cuando.

Con el tiempo Zipi aprendió a confiar en nosotros, contando siempre con una mano que le recogería antes de llegar al suelo tras una caída demasiado alta, con que el cortauñas no le haría daño, y que no pasaba nada por dormir bocarriba. También aprendió que uno no debe intentar huir mientras se le transporta, que es mejor quedarse quieto y mirar el paisaje. Nosotros aprendimos de él que era un bicho inteligente, con mejor orientación que yo, y que pese a que nos mordisqueaba con frecuencia, lo hacía con cariño.
Te echaremos de menos, Zipi.
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